jueves, 24 de marzo de 2016

Salud

A mis casi 30, nunca me había emborrachado, es verdad, a lo mejor en alguna ocasión había tomado una o dos copas, pero nada más, pero nunca había sentido esa sensación de olvido de todo, ese dolor de cabeza, esa sensación de boca seca y dolor de estómago que te produce el haber ingerido tanto alcohol. 

La verdad, tampoco fue una experiencia padre, fue divertido, pero me he divertido más en otras ocasiones al ver cómo otras personas quedan fuera de sí, se pierden, arman dramas, dicen y hacen cosas chistosas, sin querer; pero no fue chistoso experimentar eso en mí. 

Seguramente como muchas cosas en este blog, son un poco exageradas, un poco sobre dichas un tanto "sobreexpuestas" pero así son, beber demasiado alcohol, no deja, en mi experiencia ni siquiera esa sensación duradera de olvido, "ese envalentonamiento falso que nos han hecho creer" no es tal. 

No lo hace a uno más valiente, más inteligente, más listo ni más desinhibido, simplemente, te hace no medir consecuencias, estar fuera de órbita, de valores y lejos de liberar ataduras te amarra a otras nuevas, innecesarias y hasta un poco tontas: te compromete con gente a la que acabas de conocer, hace que te beses, abraces o sobrepases de modo público exponiéndote al ridículo, sin tener la necesidad de hacerlo. 

Admiro a la gente que toma, admiro mucho más a los que lo hacen cada fin de semana, a los que faltan a trabajar o peor aún, llegan crudos o borrachos al trabajo, sin duda, son unos guerreros. Ayer y hoy fue mi debut y despedida, pero ¡salud por aquellos que disfrutan tanto haciéndolo!

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