miércoles, 25 de enero de 2017

22 de Enero


En días como hoy, no sé qué sea más grande, mi lista de deudas, mi lista de pendientes de la oficina o la lista de cosas personales por hacer antes de cumplir 31, sin embargo; en ese arte de la procastinación que tan bien se me da, hoy es un día especial, pues desde el domingo que tengo ganas de escribir esto sobre don Vicente, o como lo conocían amorosamente: Vicentito. 

No, no lo conocí, sé que nunca vi la tierna manera en la que veía a sus cinco nietas, sí, cinco niñas, nunca vi la forma amorosa en la que las miraba mientras dormían, comían su colación o hacían su siesta. Jamás fui testigo de las veces que las llevó al parque y tampoco me enteré de todos los pasteles de cumpleaños en los que se esmeró, con pequeños detalles, para alegrarles el día. 

Juro que ese domingo, que conocí a Vicentito, durmiendo, emanando tanta paz, lleno de flores, plácido, tranquilo, como diría mi buen amigo Amado Nervo " ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!" que pude imaginar, todos y cada uno de los momentos especiales que Dios le regaló junto a su familia, junto a sus hijos y nietos en lo que sin duda dejó una luz que ahora brillará con mucha fuerza en el cielo para iluminar a propios y extraños. 

Pero el momento en el que realmente vi la verdadera inspiración, fue cuando en misa de 8, noté que ese día ¡el domingo 22 de Enero! ¡era el día de San Vicente, qué mejor bienvenida pudo haberle dado Dios! Sé que estas pequeñas palabras no causan consuelo a sus deudos, pero sé que sí es una pequeña señal de lo contentos que están mi papito y otras personas queridas con la llegada de Vicentito. 

¡Descansa en paz!

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