domingo, 15 de julio de 2012

Para Pepe Escalante parte 1

Hoy lo vi frente a un espejo, y lo encontré un poco triste, seguía estando con sus grandes ojos cafés, su boca inconfundible y su nariz pequeña. Ocultaba esos ojos tras unas ojeras, y el cabello revuelto, parecía que estuviera despertando. No sé bien qué era lo que escondía esa mirada, pues era una combinación de angustia con miedo, aunque en las pupilas centelleaba un poco de esperanza, o algo parecido, como la mirada de quien evoca momentos pasados y sabe que pueden regresar.
Lo vi todo el día de hoy, correr de arriba para abajo, primero ir a su terapia, a pesar que sentía se moría de sueño, pues entró tarde anoche, luego tratar de dormir un rato, sin embargo el DVD de Laura Pausini se lo impidió, así como la llamada al celular.


Vi cómo se bañaba para esperar que dieran las doce y saliera de nuevo hacia un rumbo nuevo, confiado, crecido, esperanzado pero temeroso. Llegó a la plaza y puso de nuevo la máscara de fuerte, aquella de hombrecito que resuelve las cosas, de muchacho maduro que puede estar ahí para los demás. Cerca de las dos de la tarde y a las puertas de la T1, vi cómo lentamente con su pasajero se iba la máscara y regresaba la sombra del muchacho agradable, alegre y tímido que siempre ha sido.


Después de varios kilómetros de reflexión, de conflictos y de oposición de ideas, decidió ir por el regalo de su prima hermana, a decir verdad, le costó un poco pagar el precio del mismo, aunque lo hizo de corazón y gustoso, a sabiendas que ese dinero puede hacerle falta, pues esta quincena es de tres semanas. Comió con su familia y compartió una tarde agradable y anunció que iría a misa, al final no lo hizo, olvidó su promesa, y como lo ha hecho en otras ocasiones dejó para luego su compromiso antes Dios. 


Por la noche, vio a dos amigas entrañables, que hace mucho no veía, les contó cosas triviales, y le dijo todas las verdades que lo movían a su manera, no porque no les tenga confianza, sino porque no quería decir lo que verdaderamente estaba en su corazón, y tampoco lo que acongojaba su alma. No habló de lo triste que se sentía, y del miedo que le daba el hecho de estar solo, porque supuso de entrada, que no les importaría, y definitivamente, poco podrían hacer al respecto. 


Acordó ir el miércoles a manejar bicicleta y el jueves ir a un concierto de violines no por la afición o por la cultura, sino por el hecho de sentirse acompañado.

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